4 de diciembre de 2011

Tontos de buena cuna.

Desde hace un par de semanas, coincidencia o no, he tomado parte en más de una conversación en la que alguno de sus participantes parecían tener como principal objetivo el aclarar al resto lo exclusivo, aristocrático y acomodado de su origen social. Podría decirse que el cambio de gobierno ha provocado dicha corriente y que, del mismo modo que en Navidad el tonto camuflado manifiesta su carácter estulto encopetándose gorros con cuernos de reno y luces intermitentes, el tonto con pretensiones clasistas, se siente ahora, que esta soberbia social parece ser del gusto de la mayoría, con la suficiente soltura como para mostrar toda su batería de memeces.
En una de estas conversaciones, a un tipo de aspecto desagradable y hediondo, cuyo mérito más destacado posiblemente sea el de haber nacido en una familia de tradición nobiliaria, cuando se le adoba con un comentario como: “Tú que te codeas con la clase alta…” Se enerva como si se le hubiese escupido en la cara y en un tono de arrogancia, que su condición de ebrio por ocupación sólo había dejado sospechar, aclara: “Yo no me codeo con la clase alta, yo soy la clase alta…”
Otro tipo, hablando de aficiones deportivas –cuando se trata este asunto con algún sujeto de buena familia, estas aficiones son casi siempre de riesgo y motorizadas-, decía: “Yo, si tuviese dinero… Bueno, si tuviese mucho más dinero del que tengo, que no es poco… Me alquilaría un helicóptero para ver Madrid desde las alturas” Es de esperar que el tonto adinerado este viaje no lo hiciese con todo el dinero que dice tener a cuestas, no fuese a despeñarse del peso…
Y luego está la joven, educada también al calor de algún buen brasero cristiano, que ante el anuncio de otra de las contertulias, de clase social presumiblemente inferior, de un próximo viaje a Extremo Oriente sin mucho presupuesto; incesantemente repite: “¡Uf! Yo ese plan no podría… Yo soy muy pija… ¡Uf! Yo ese plan no podría… Yo soy muy pija…” Así, una decena de veces, hasta que se convence de que a todos los presentes les ha quedado claro que sus hábitos no son los de una persona de clase media…
Tontos clasistas no hace falta ser muy listo para saber que son perpetuos, ahora bien, durante los próximos cuatro años, creer que sus aires de soberbia y vacuidad no van a ventosearnos con una frecuencia mayor a la habitual, es de tontos también.

2 de noviembre de 2011

Los cinco minutos del reloj del tonto.

En el supermercado. Son las nueve menos diez de la noche. A pesar de que junto a la entrada hay un cartel que dice que el horario de apertura del local es de nueve de la mañana a nueve de la noche, ininterrumpidamente; los empleados se han tomado la licencia de cerrar ya el acceso. Una señora llega y al ver que no puede entrar, desde el otro lado del cristal hace gestos con su dedo índice en dirección al cartel con el horario y al reloj que lleva en la muñeca, así sucesivamente y en un par de ocasiones. Los empleados miran hacia otro lado y la señora, finalmente, después de haber golpeado levemente el cristal de la entrada, se resigna y se va. En ese momento, la cajera, que ha permanecido de espaldas a la entrada desde que ha atisbado la posibilidad de demora en su hora de salida, le apunta a uno de sus compañeros que por allí merodea sin hacer nada en concreto: “La gente parece tonta, ¿es que no ve que estamos cerrados?”. A lo que un cliente, que había entrado en el supermercado un rato antes y llega en ese momento a caja, añade: “No, chica, la gente no ve que estéis cerrados, lo que ve es que tenéis un cartel en la puerta que dice que cerráis a las nueve, y son menos diez…”
La tontería por lo tanto, teniendo en cuenta el juicio de la cajera, parece ser relativa y, en gran medida, subjetiva y discutible. Lo que parece imponerse, eso sí, es el afán del tonto por cargar con el calificativo a cuantos más mejor; para no quedar su tontuna en caso aislado, sino en norma de legión.    

11 de octubre de 2011

Tontada concordante.

Habla un candidato a la Presidencia del Gobierno de concordia con la misma credibilidad que un cleptómano lo haría de respeto por lo ajeno o un pirómano de la importancia de conservar el medio ambiente intacto.
Su discurso y repentino cambio han cogido por sorpresa incluso a los suyos. Unos, instantes después de que aquél terminase su intervención con unos adornos de armonía inusitados, incapaces de reelaborar un discurso a tono con las nuevas intenciones, continuaron explicándose con la automática cantinela de censura y desacuerdo programático que llevan ocho años entonando. Otros, que durante las mismas dos legislaturas, se han manifestado con el gesto y la palabra rabiosos y embotados, tratando de adaptarse precipitadamente a la nueva estrategia, perpetraron unas frases integradoras y amables tan auténticas como los decorados de una telecomedia española.
En cualquier caso, lo que interesa preguntarse es cuál es para el candidato a la Presidencia del Gobierno su definición de concordia. Si por tal tiene la potestad de aquel que ostenta el poder de tomar decisiones unilaterales que considera benefactoras para todos, posiblemente, y tal y como anticipan las encuestas, dentro de no mucho nos encontremos con el regidor más armonioso que en los últimos tiempos se haya podido imaginar. Y, sobre todo, interesa preguntarse: ¿quién es el tonto aquí? Él, evidentemente, no. El tonto, en este caso, probablemente sea aquel al que el candidato a la Presidencia del Gobierno se dirige, subestima y quiere convencer. Si dando crédito a su discurso bienintencionado de sacristía, se le da también el voto; muy despierto, está claro, no se ha de ser.       

29 de septiembre de 2011

Tontuna consagrada.

Hay una iglesia en el arranque de la calle Atocha, en cuya nave central, pegadas en algunas de sus columnas, pueden encontrarse media docena de cuartillas en las que se ruega que no se utilice el teléfono móvil dentro de la misma; y se añade: “Para hablar con Dios no es necesario”.
Un humorismo como éste, es prueba, como muchos (tontos sospechosos) insisten en afirmar, de que la iglesia cada vez está más abierta al lenguaje y tono contemporáneos. Podría ser… Si se tiene en cuenta que Rouco Varela cada vez que interviene llama al sonrojo y a la risa, quizá la comicidad sea la nueva estrategia eclesiástica de acercamiento al pueblo. ¡Que Groucho Marx nos pille confesados!

16 de septiembre de 2011

Tonta de atracción.

En el Parque de Atracciones de Madrid. Junto a la entrada a una atracción infantil, aguardan su turno una veintena de personas, padres, madres e hijos. El turno anterior termina el recorrido y la joven que controla la atracción, después de evacuar a los viajeros, da paso a los que esperan. Entre ellos, una mujer gruesa embutida en unas mallas, con cierto aire de morcón. A su lado, de la mano, el que debe ser su hijo, de unos cuatro años. Al ir a acceder a la atracción, la joven empleada le dice a la madre que el niño no puede subir a ella, ya que mide menos de los noventa centímetros reglamentarios que indica el cartel del cuarto de control. La madre se violenta y grita: “¿Cómo no?” Entonces, la joven, habituada parece a este tipo de “discusiones de altura”, hace uso de una sencilla varilla de metal colocada en paralelo al suelo para demostrárselo. El niño, mirando desconcertado a la madre y a la varilla, por más que se estira, no alcanza ni tan siquiera a rozarla con el cogote. La madre, que desde el primer momento en que se ha cuestionado la altura de la criatura se ha revelado como una señora gruesa no sólo en lo físico, le dice a la joven, que la varilla está mal, que su hijo mide más de un metro.
-          ¿Me va a decir usted a mí que los niños que se han montado antes eran más altos que mi hijo?...
-          Señora, yo no le digo nada. Aquí sólo pueden subirse niños de más de noventa centímetros… Es por seguridad…
-          ¡Qué seguridad, ni seguridad!... Si va conmigo… -continúa la mujer, sujetando del brazo a su hijo y haciendo aspavientos con el otro.
-          Ni con usted ni con nadie, si no mide noventa centímetros, no puede subirse. Lo siento.
En ese momento, los que aguardaban detrás de la madre, por indicación de la joven, continúan accediendo a la atracción. Los niños que sí superan la altura reglamentaria, al pasar junto al hijo de la señora, le observan triunfantes.
Se cierra el acceso, pero aún así, la mujer gruesa no se da por vencida; hablando ya para nadie, ya que la joven empleada, refugiándose del chaparrón, se ha metido en la cabina de control, continúa:
-          ¡Con el dineral que vale la entrada, tiene narices que no se pueda montar el niño en todo!... ¡Zorra!
Así continúa hasta que la atracción comienza a moverse y la señora decide marcharse, no sin antes escupir sin mucho acierto al cristal de la cabina de control. El niño, mira asustado a su madre y le pide que le limpie las salpicaduras del escupitajo que le han llegado a la cara. Ésta, furiosa, se agacha y le dice: “¿Y tú, qué? ¿No puedes apartarte cuando escupo?... ¡Canijo!”   

7 de septiembre de 2011

La tonta intención.

Hay estudios estadísticos que dicen que en las grandes ciudades, de cada diez habitantes, uno es contrastadamente tonto. Un estudio que, a su vez, pone de manifiesto lo acertado de otro, que asegura que de cada tres estudios estadísticos, hay uno que siempre tira a la baja. Es decir, que pensar que en una población de tres millones de habitantes sólo una décima parte es de una tontuna probada y exultante, resulta de una candidez extrema.
Pueden distinguirse a estos tontos de muchas maneras: a través de su comportamiento, de sus acciones, de sus expresiones, de sus ideas, de su conversación, de su apariencia, de su vestimenta… Por suerte, a la mayor parte se le diferencia de un modo evidente en cuanto hacen acto de presencia o abren la boca, aunque sólo sea para morderse la lengua; pero no hay que confiarse, luego hay otros muchos que, conscientes de su estulticia, tratan de camuflarse con modos de absoluta normalidad y sencillez, y es sólo gracias a la observación minuciosa y paciente como se descubre su verdadera naturaleza de tontaina.
Unos y otros están presentes en todos los escenarios de la vida, da igual cuál sea nuestra condición, para el tonto no hay campo por explorar, en todos se desenvuelven con absoluta soltura, como si el ser bobo fuese norma. Aquellos que hemos de padecer, por ejemplo, en el transporte público o en el trabajo, resultan en muchos casos inevitables, pero hay otros tantos, aquéllos que se manifiestan, por ejemplo, a través de los medios de comunicación, que una vez descubiertos lo mejor sería silenciarlos y así minimizar los efectos que su bobería pudiera causarnos.
Este blog no tiene otra intención, por lo tanto, que identificarlos, tratar de explicar la dinámica y manifestaciones de su tontería, y prevenir al lector de su presencia para que, de ser la imbecilidad contagiosa, ésta, al menos, no se propague por una exposición excesiva a los agentes causantes.