En el supermercado. Son las nueve menos diez de la noche. A pesar de que junto a la entrada hay un cartel que dice que el horario de apertura del local es de nueve de la mañana a nueve de la noche, ininterrumpidamente; los empleados se han tomado la licencia de cerrar ya el acceso. Una señora llega y al ver que no puede entrar, desde el otro lado del cristal hace gestos con su dedo índice en dirección al cartel con el horario y al reloj que lleva en la muñeca, así sucesivamente y en un par de ocasiones. Los empleados miran hacia otro lado y la señora, finalmente, después de haber golpeado levemente el cristal de la entrada, se resigna y se va. En ese momento, la cajera, que ha permanecido de espaldas a la entrada desde que ha atisbado la posibilidad de demora en su hora de salida, le apunta a uno de sus compañeros que por allí merodea sin hacer nada en concreto: “La gente parece tonta, ¿es que no ve que estamos cerrados?”. A lo que un cliente, que había entrado en el supermercado un rato antes y llega en ese momento a caja, añade: “No, chica, la gente no ve que estéis cerrados, lo que ve es que tenéis un cartel en la puerta que dice que cerráis a las nueve, y son menos diez…”
La tontería por lo tanto, teniendo en cuenta el juicio de la cajera, parece ser relativa y, en gran medida, subjetiva y discutible. Lo que parece imponerse, eso sí, es el afán del tonto por cargar con el calificativo a cuantos más mejor; para no quedar su tontuna en caso aislado, sino en norma de legión.
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