Habla un candidato a la Presidencia del Gobierno de concordia con la misma credibilidad que un cleptómano lo haría de respeto por lo ajeno o un pirómano de la importancia de conservar el medio ambiente intacto.
Su discurso y repentino cambio han cogido por sorpresa incluso a los suyos. Unos, instantes después de que aquél terminase su intervención con unos adornos de armonía inusitados, incapaces de reelaborar un discurso a tono con las nuevas intenciones, continuaron explicándose con la automática cantinela de censura y desacuerdo programático que llevan ocho años entonando. Otros, que durante las mismas dos legislaturas, se han manifestado con el gesto y la palabra rabiosos y embotados, tratando de adaptarse precipitadamente a la nueva estrategia, perpetraron unas frases integradoras y amables tan auténticas como los decorados de una telecomedia española.
En cualquier caso, lo que interesa preguntarse es cuál es para el candidato a la Presidencia del Gobierno su definición de concordia. Si por tal tiene la potestad de aquel que ostenta el poder de tomar decisiones unilaterales que considera benefactoras para todos, posiblemente, y tal y como anticipan las encuestas, dentro de no mucho nos encontremos con el regidor más armonioso que en los últimos tiempos se haya podido imaginar. Y, sobre todo, interesa preguntarse: ¿quién es el tonto aquí? Él, evidentemente, no. El tonto, en este caso, probablemente sea aquel al que el candidato a la Presidencia del Gobierno se dirige, subestima y quiere convencer. Si dando crédito a su discurso bienintencionado de sacristía, se le da también el voto; muy despierto, está claro, no se ha de ser.