29 de septiembre de 2011

Tontuna consagrada.

Hay una iglesia en el arranque de la calle Atocha, en cuya nave central, pegadas en algunas de sus columnas, pueden encontrarse media docena de cuartillas en las que se ruega que no se utilice el teléfono móvil dentro de la misma; y se añade: “Para hablar con Dios no es necesario”.
Un humorismo como éste, es prueba, como muchos (tontos sospechosos) insisten en afirmar, de que la iglesia cada vez está más abierta al lenguaje y tono contemporáneos. Podría ser… Si se tiene en cuenta que Rouco Varela cada vez que interviene llama al sonrojo y a la risa, quizá la comicidad sea la nueva estrategia eclesiástica de acercamiento al pueblo. ¡Que Groucho Marx nos pille confesados!

16 de septiembre de 2011

Tonta de atracción.

En el Parque de Atracciones de Madrid. Junto a la entrada a una atracción infantil, aguardan su turno una veintena de personas, padres, madres e hijos. El turno anterior termina el recorrido y la joven que controla la atracción, después de evacuar a los viajeros, da paso a los que esperan. Entre ellos, una mujer gruesa embutida en unas mallas, con cierto aire de morcón. A su lado, de la mano, el que debe ser su hijo, de unos cuatro años. Al ir a acceder a la atracción, la joven empleada le dice a la madre que el niño no puede subir a ella, ya que mide menos de los noventa centímetros reglamentarios que indica el cartel del cuarto de control. La madre se violenta y grita: “¿Cómo no?” Entonces, la joven, habituada parece a este tipo de “discusiones de altura”, hace uso de una sencilla varilla de metal colocada en paralelo al suelo para demostrárselo. El niño, mirando desconcertado a la madre y a la varilla, por más que se estira, no alcanza ni tan siquiera a rozarla con el cogote. La madre, que desde el primer momento en que se ha cuestionado la altura de la criatura se ha revelado como una señora gruesa no sólo en lo físico, le dice a la joven, que la varilla está mal, que su hijo mide más de un metro.
-          ¿Me va a decir usted a mí que los niños que se han montado antes eran más altos que mi hijo?...
-          Señora, yo no le digo nada. Aquí sólo pueden subirse niños de más de noventa centímetros… Es por seguridad…
-          ¡Qué seguridad, ni seguridad!... Si va conmigo… -continúa la mujer, sujetando del brazo a su hijo y haciendo aspavientos con el otro.
-          Ni con usted ni con nadie, si no mide noventa centímetros, no puede subirse. Lo siento.
En ese momento, los que aguardaban detrás de la madre, por indicación de la joven, continúan accediendo a la atracción. Los niños que sí superan la altura reglamentaria, al pasar junto al hijo de la señora, le observan triunfantes.
Se cierra el acceso, pero aún así, la mujer gruesa no se da por vencida; hablando ya para nadie, ya que la joven empleada, refugiándose del chaparrón, se ha metido en la cabina de control, continúa:
-          ¡Con el dineral que vale la entrada, tiene narices que no se pueda montar el niño en todo!... ¡Zorra!
Así continúa hasta que la atracción comienza a moverse y la señora decide marcharse, no sin antes escupir sin mucho acierto al cristal de la cabina de control. El niño, mira asustado a su madre y le pide que le limpie las salpicaduras del escupitajo que le han llegado a la cara. Ésta, furiosa, se agacha y le dice: “¿Y tú, qué? ¿No puedes apartarte cuando escupo?... ¡Canijo!”   

7 de septiembre de 2011

La tonta intención.

Hay estudios estadísticos que dicen que en las grandes ciudades, de cada diez habitantes, uno es contrastadamente tonto. Un estudio que, a su vez, pone de manifiesto lo acertado de otro, que asegura que de cada tres estudios estadísticos, hay uno que siempre tira a la baja. Es decir, que pensar que en una población de tres millones de habitantes sólo una décima parte es de una tontuna probada y exultante, resulta de una candidez extrema.
Pueden distinguirse a estos tontos de muchas maneras: a través de su comportamiento, de sus acciones, de sus expresiones, de sus ideas, de su conversación, de su apariencia, de su vestimenta… Por suerte, a la mayor parte se le diferencia de un modo evidente en cuanto hacen acto de presencia o abren la boca, aunque sólo sea para morderse la lengua; pero no hay que confiarse, luego hay otros muchos que, conscientes de su estulticia, tratan de camuflarse con modos de absoluta normalidad y sencillez, y es sólo gracias a la observación minuciosa y paciente como se descubre su verdadera naturaleza de tontaina.
Unos y otros están presentes en todos los escenarios de la vida, da igual cuál sea nuestra condición, para el tonto no hay campo por explorar, en todos se desenvuelven con absoluta soltura, como si el ser bobo fuese norma. Aquellos que hemos de padecer, por ejemplo, en el transporte público o en el trabajo, resultan en muchos casos inevitables, pero hay otros tantos, aquéllos que se manifiestan, por ejemplo, a través de los medios de comunicación, que una vez descubiertos lo mejor sería silenciarlos y así minimizar los efectos que su bobería pudiera causarnos.
Este blog no tiene otra intención, por lo tanto, que identificarlos, tratar de explicar la dinámica y manifestaciones de su tontería, y prevenir al lector de su presencia para que, de ser la imbecilidad contagiosa, ésta, al menos, no se propague por una exposición excesiva a los agentes causantes.