16 de septiembre de 2011

Tonta de atracción.

En el Parque de Atracciones de Madrid. Junto a la entrada a una atracción infantil, aguardan su turno una veintena de personas, padres, madres e hijos. El turno anterior termina el recorrido y la joven que controla la atracción, después de evacuar a los viajeros, da paso a los que esperan. Entre ellos, una mujer gruesa embutida en unas mallas, con cierto aire de morcón. A su lado, de la mano, el que debe ser su hijo, de unos cuatro años. Al ir a acceder a la atracción, la joven empleada le dice a la madre que el niño no puede subir a ella, ya que mide menos de los noventa centímetros reglamentarios que indica el cartel del cuarto de control. La madre se violenta y grita: “¿Cómo no?” Entonces, la joven, habituada parece a este tipo de “discusiones de altura”, hace uso de una sencilla varilla de metal colocada en paralelo al suelo para demostrárselo. El niño, mirando desconcertado a la madre y a la varilla, por más que se estira, no alcanza ni tan siquiera a rozarla con el cogote. La madre, que desde el primer momento en que se ha cuestionado la altura de la criatura se ha revelado como una señora gruesa no sólo en lo físico, le dice a la joven, que la varilla está mal, que su hijo mide más de un metro.
-          ¿Me va a decir usted a mí que los niños que se han montado antes eran más altos que mi hijo?...
-          Señora, yo no le digo nada. Aquí sólo pueden subirse niños de más de noventa centímetros… Es por seguridad…
-          ¡Qué seguridad, ni seguridad!... Si va conmigo… -continúa la mujer, sujetando del brazo a su hijo y haciendo aspavientos con el otro.
-          Ni con usted ni con nadie, si no mide noventa centímetros, no puede subirse. Lo siento.
En ese momento, los que aguardaban detrás de la madre, por indicación de la joven, continúan accediendo a la atracción. Los niños que sí superan la altura reglamentaria, al pasar junto al hijo de la señora, le observan triunfantes.
Se cierra el acceso, pero aún así, la mujer gruesa no se da por vencida; hablando ya para nadie, ya que la joven empleada, refugiándose del chaparrón, se ha metido en la cabina de control, continúa:
-          ¡Con el dineral que vale la entrada, tiene narices que no se pueda montar el niño en todo!... ¡Zorra!
Así continúa hasta que la atracción comienza a moverse y la señora decide marcharse, no sin antes escupir sin mucho acierto al cristal de la cabina de control. El niño, mira asustado a su madre y le pide que le limpie las salpicaduras del escupitajo que le han llegado a la cara. Ésta, furiosa, se agacha y le dice: “¿Y tú, qué? ¿No puedes apartarte cuando escupo?... ¡Canijo!”   

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