7 de septiembre de 2011

La tonta intención.

Hay estudios estadísticos que dicen que en las grandes ciudades, de cada diez habitantes, uno es contrastadamente tonto. Un estudio que, a su vez, pone de manifiesto lo acertado de otro, que asegura que de cada tres estudios estadísticos, hay uno que siempre tira a la baja. Es decir, que pensar que en una población de tres millones de habitantes sólo una décima parte es de una tontuna probada y exultante, resulta de una candidez extrema.
Pueden distinguirse a estos tontos de muchas maneras: a través de su comportamiento, de sus acciones, de sus expresiones, de sus ideas, de su conversación, de su apariencia, de su vestimenta… Por suerte, a la mayor parte se le diferencia de un modo evidente en cuanto hacen acto de presencia o abren la boca, aunque sólo sea para morderse la lengua; pero no hay que confiarse, luego hay otros muchos que, conscientes de su estulticia, tratan de camuflarse con modos de absoluta normalidad y sencillez, y es sólo gracias a la observación minuciosa y paciente como se descubre su verdadera naturaleza de tontaina.
Unos y otros están presentes en todos los escenarios de la vida, da igual cuál sea nuestra condición, para el tonto no hay campo por explorar, en todos se desenvuelven con absoluta soltura, como si el ser bobo fuese norma. Aquellos que hemos de padecer, por ejemplo, en el transporte público o en el trabajo, resultan en muchos casos inevitables, pero hay otros tantos, aquéllos que se manifiestan, por ejemplo, a través de los medios de comunicación, que una vez descubiertos lo mejor sería silenciarlos y así minimizar los efectos que su bobería pudiera causarnos.
Este blog no tiene otra intención, por lo tanto, que identificarlos, tratar de explicar la dinámica y manifestaciones de su tontería, y prevenir al lector de su presencia para que, de ser la imbecilidad contagiosa, ésta, al menos, no se propague por una exposición excesiva a los agentes causantes.

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